Rahaylimu

Rahaylimu es el nombre del planeta en el que se desarrolla esta historia, Sansfear y Angeal, los protagonistas, son Se’irim, humanos que viajan y se encuentran con Galdin, una aldea en territorio Rethah. Los Se’irim son pacíficos y serviciales seres, que protegen a los débiles y combaten a los opresores. Los Sintiary son una raza energética, que toma forma física a través de la naturaleza, adoptan forma antropomorfa para relacionarse con el resto de especies de Rahaylimu, se les conoce como los creadores de vida. Los Hartach, también de morfología antropomorfa, se asemejan mucho a demonios, estos son los creadores de muerte, y aunque no suene muy amistoso, son una especie fascinante y compleja que lucha por su supervivencia. Los Sanrak, una orden de magos ancestrales expertos en el uso de la magia rúnica, amantes del conocimiento y muy reservados, de apariencia dura, piel azul y llena de símbolos rúnicos. Los Goritias, se originaron como especie al sur de la gran falla, evolucionaron de un insecto, tras miles de años de evolución, estas grandes criaturas se han reproducido y extendido por el territorio sin oposición, hasta que por motivos geográficos se han encontrado con los Se’irim y los Sanrak, temiendo a estos últimos, pues sus conocimientos mágicos contrarrestan a grandes rasgos su forma de actuar. Quedando  por el momento solo un sitio por el que expandirse, el territorio de Rethah.

Al norte de los territorios de los Se’irim, Sintiary y Hartach, vivían los Quida, raza que se extinguió, pues vivían en una fértil y verde llanura que sufrió una gran catástrofe natural, su territorio se emplazaba sobre una gran caldera que entró en erupción. Tras la explosión y la siguiente nube piro plástica, los pocos que sobrevivieron fueron esparciéndose por el mapa y  pereciendo. En la actualidad de esta historia, a este territorio se le conoce como la región prohibida, pues años después de la catástrofe, tanto los Sintiary como los Hartach iniciaron una guerra por la conquista de este, conocida como la Guerra Antigua, ningún bando venció, ambos se vieron mermados de tal manera que desistieron en su conquista, no antes de aportar, involuntariamente, lo que sería la peor de las catástrofes mágicas, el residuo arcano, tornando el rico ecosistema de esa zona en un páramo desolado, en el que solo mora el residuo arcano y las almas de los que perecieron en la catástrofe junto a los caidos en la guerra antigua.

Télcar y Laitoh.

Ante ellos, cayó un paladín con cabello ondulado, largo, negro y mechones canosos, estatura media, de piel morena ajada por el sol, facciones angulosas y definidas, musculatura desarrollada, corpulento y sonrisa atractiva. Viste una armadura pesada de adamantino, una espada y un escudo de cuerpo entero el cual interpuso entre ellos y la llamarada.

  • Télcar: ¡¡¡Laitoh ahora!!!

Tras él llegó un mago de baja estatura y complexión delgada, cabello largo hasta los hombros, castaño y lacio. Un hombre adulto con rasgos faciales que denotan experiencia y simpatía a la vez . Viste una túnica larga y negra con detalles verde oscuro, con mucho vuelo. Apareció corriendo desde el bosque colocándose tras Télcar, lanzó un hechizo que les cubrió a todos, reforzando el gran escudo del paladín. La llamarada impactó en este, empujándole y deteniendo el golpe inicial, aunque lo arrastró hasta que consiguió anclarse en el suelo, la llamarada se abrió camino rodeando el escudo, pero de igual manera, el escudo mágico a modo de cúpula les cubrió extendiéndose desde el escudo de Télcar, formado por hexágonos de energía unidos entre sí, amortiguando la propagación ígnea. El dragón rugió y ascendió nuevamente desapareciendo en la oscuridad del cielo.

  • Sansfear: No sé quiénes sois, pero nos acabáis de salvar la vida.
  • Télcar: Me llamo Télcar, y este de aquí es Laitoh.

Sansfear y Angeal.

Sansfear, joven, entusiasta y reservado aprendiz de mago elemental, facciones suaves, fuerte, atlético, bien proporcionado, alto y pelo corto y Angeal, un joven impulsivo, dispuesto y ágil cazador con arco, poco más alto que su compañero, de facciones marcadas y angulosas, delgado y de cabello largo cubriéndole las orejas recogido en una coleta, viajan a través de los bosques, bosques frondosos, secuoyas de gruesos troncos y enormes cepas, altos, rascacielos con pobladas copas, copas que no dejan irrumpir la luz solar, luz que solo accede en ciertos claros y lateralmente al atardecer, entre raíces se perfila el sendero por el que viajan, este, colinda con un río, caudaloso como el que más, con aguas apacibles, solo perceptible por un pequeño salto de agua en las cercanías. Un ruido interrumpe su conversación y toman posiciones defensivas tras las secuoyas. A lo lejos divisan a dos hombres y una mujer ataviados con pieles y herramientas de caza, huyendo de algo. Conforme se van acercando, ambos, intentan averiguar qué es lo que les persigue, hasta que por fin, un gigantesco y enfurecido sable aparece tras ellos, impulsándose en los troncos de los árboles. En ese momento Sansfear, con un hechizo, levantó del suelo a los tres, separándoles entre sí, justo en el momento en el que el sable saltó sobre ellos, aprovechando así Angeal, para asestarle un flechazo que le atravesó la cabeza desde el interior de su boca. Sansfear depositó a los tres frente a ellos, suavemente. Los cazadores aún asustados, no son capaces de mediar palabra, mirándolos a ambos aún aterrorizados y sin entender qué es lo que había ocurrido.