Jornada previa.

Una temprana mañana de primavera amanecía empapada en la aldea de Galdin, sus aldeanos ya hacían acopio de la fresca hierba, recolectan caracoles y visitan los frutales. Los cazadores hacía ya un par de horas que partieron, al amparo de la noche, en busca de una presa digna de abastecer a la aldea, por lo menos, durante esa jornada. Kell, una muy joven muchacha encabezaba la partida de caza, se había ganado ese honor, pues a pesar de su corta edad, sus habilidades y predisposición eran superiores a las del resto, y lejos de ser víctima de las envidias, todos la quieren y apoyan. Durante la tarde del día anterior, recibió un encargo muy importante, procedente de Rin, su chamán y líder, tan explícito como extraño, pues le dijo que debía llegar a la explanada de los sables antes del amanecer. Y así lo hizo, acompañada por Dylan y Niar, quienes fieles la seguirían fuese donde fuese.

La explanada se encontraba solitaria, y decidieron rodearla por la linde del bosque, hasta llegar a las pedanías del copioso río, donde Kell esperaba sorprender a algún animal con sed matutina. Se hallaron solos en aquel idílico paraje, donde teniendo en cuenta la dirección del viento, se apostaron a la espera de su presa. Aprovecharon a desayunar ricas almendras tostadas, y se acercaron a beber las frescas aguas salvajes. Momento, en el que gratamente les sorprendió el banco de salmones que empezaba a remontar el río. —¿Será por esto por lo que Rin nos mandó aquí? —se preguntó Kell. Llevada por esa idea, y recordando que en su macuto siempre lleva una red, decidió, con la ayuda de sus compañeros, llevar pescado fresco a la aldea. Durante los preparativos, el sol asomó por entre las copas de los árboles, momento en el que decidieron mojarse los pies y comenzar su jornada de pesca. La alegría no les duró demasiado, pues distraídos como estaban, no se dieron cuenta que alrededor de una decena de sables había irrumpido en aquella parte del río. Asustados, perdieron la red, y presa del pánico, alcanzaron a asir sus armas. Los sables se alertaron en ese momento del peligro, y en defensa de los más pequeños que les acompañaban, arremetieron a la carrera tras ellos. Raudos corrían, disparando las pocas flechas que habían llegado a alcanzar, acertando alguna, pero carentes de potencia, no hacían más que enfadar a los felinos. Huyeron despavoridos, tanto como sus piernas y pulmones se lo permitían, hasta que sin saber cómo ni por qué, comenzaron a levitar, ajenos a la manipulación que experimentaban sus cuerpos.

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