Extraños sucesos.

Una fuerte tormenta se desató sobre ellos, era tal la cantidad de agua que caía, que apenas podían ver por dónde pisaban, impidiéndoles también oír cualquier sonido. Una vez llegaron al bosque, se adentraron en silencio, atentos a cualquier ruido o movimiento. Seguían avanzando bajo la lluvia, sosegada por la espesura del bosque. Se encontraban cerca de la cascada, cuando observaron la silueta de una persona con túnica y encapuchado, de baja estatura y anoréxico, se les acercaba por el sendero. Una vez lo tenían encima, observaron que tenía la piel blanca-grisácea, como ahumada, los rasgos de la cara apenas eran perceptibles, la sombra que le proporcionaba la capucha lo impedía. Ambos se detuvieron y agudizaron sus sentidos por si se trataba de un bandido. Observaron que era un hombre, totalmente arrugado y en los huesos, este se los quedo mirando.

  • Encapuchado: Vosotros… Elegidos… Morir…

El hombre cayó desplomado al suelo, consumiéndose hasta solo quedar en cenizas.

En busca del Barrak.

Ya había transcurrido medía mañana, el sol caía bañando el paisaje e irradiándolo de vida, el piar de los pájaros eran compañeros de Angeal en su viaje sobre el carro, así como el juguetear de las ardillas y de las pequeñas aves que abundaban por la zona. Tras ayudar a una tortuga de tierra a darse la vuelta llegó a la llanura, detuvo el carro y se apeó de este, sabía que entrar en la llanura con el carro habiendo un Barrak y sus jabalíes, podría suponer perderlo. Así que ató los caballos a un árbol, fue a la parte posterior del carro, agarró el arco y sus flechas y se dispuso a adentrarse en esta. Una gran extensión de terreno, en la que apenas había árboles haciendo sombra, altas hierbas bañadas por el sol cubriéndole hasta su cintura, eso no iba a suponerle un problema, se podía ver perfectamente si se acercaba un jabalí y más aún el Barrak. Siguió avanzando por la llanura, casi a la altura de la Gran Falla, vio al Barrak junto a seis jabalíes hozando y aguzando tranquilamente.

Sansfear y Angeal.

Sansfear, joven, entusiasta y reservado aprendiz de mago elemental, facciones suaves, fuerte, atlético, bien proporcionado, alto y pelo corto y Angeal, un joven impulsivo, dispuesto y ágil cazador con arco, poco más alto que su compañero, de facciones marcadas y angulosas, delgado y de cabello largo cubriéndole las orejas recogido en una coleta, viajan a través de los bosques, bosques frondosos, secuoyas de gruesos troncos y enormes cepas, altos, rascacielos con pobladas copas, copas que no dejan irrumpir la luz solar, luz que solo accede en ciertos claros y lateralmente al atardecer, entre raíces se perfila el sendero por el que viajan, este, colinda con un río, caudaloso como el que más, con aguas apacibles, solo perceptible por un pequeño salto de agua en las cercanías. Un ruido interrumpe su conversación y toman posiciones defensivas tras las secuoyas. A lo lejos divisan a dos hombres y una mujer ataviados con pieles y herramientas de caza, huyendo de algo. Conforme se van acercando, ambos, intentan averiguar qué es lo que les persigue, hasta que por fin, un gigantesco y enfurecido sable aparece tras ellos, impulsándose en los troncos de los árboles. En ese momento Sansfear, con un hechizo, levantó del suelo a los tres, separándoles entre sí, justo en el momento en el que el sable saltó sobre ellos, aprovechando así Angeal, para asestarle un flechazo que le atravesó la cabeza desde el interior de su boca. Sansfear depositó a los tres frente a ellos, suavemente. Los cazadores aún asustados, no son capaces de mediar palabra, mirándolos a ambos aún aterrorizados y sin entender qué es lo que había ocurrido.

El inicio de la pesadilla.

Antón se detuvo, miró a su alrededor en busca del dragón, ni rastro de él. Haciendo uso de su hechizo de levitación, subió al altiplano, junto al salto de agua de la cascada, posándose suavemente a su vera. Jor y Mir corrieron entre la maleza subiendo la escarpada pared rocosa de la cascada hasta llegar a lo alto, sigilosos y raudos para poder observar el espectáculo sin que Antón se percatase. Cuando llegaron, exhaustos por la carrera, observaron cómo Antón tenía el brazo envuelto en llamas, golpeó el suelo con su bastón haciéndolo temblar, provocando con él, que un rugido surgiese desde el interior de la cueva que se ocultaba tras el velo de la cascada. En ese momento, desde el interior de esta, apareció emprendiendo el vuelo aquel enorme dragón, inmensa criatura, la más grande que jamás habían visto, con escamas de color naranja atigrado con tonalidades marrones y con finas rayas azules que le atravesaban todo el cuerpo, tal y como Rin describió. Es un ser cuadrúpedo, con poderosas alas convertidas en patas desplegándose en el vuelo y recogiéndose al aterrizar, dotadas de amenazantes garras. Posee una cabeza maciza, fuertes mandíbulas y un par de orejas puntiagudas. Su cola es dentada, está segmentada  y acabada en punta de lanza.